Sin Visa Con Voz: Relato Migrante

Sin Visa Con Voz: Relato Migrante

Presentación

Migrar no fue solo cruzar fronteras físicas, fue atravesar mi propia historia, mis miedos y mi voz silenciada."

Este blog es un acto de memoria. Una bitácora escrita desde las entrañas. Me llamo Diana, soy colombiana, y en 2025 decidí migrar a Polonia impulsada por una oferta laboral que prometía dignidad, vivienda y estabilidad. Lo que encontré fue, desinformación, abandono, abuso institucional y un profundo silencio cultural.

“Sin visa, con voz” nace como un espacio para relatar lo que muchas callamos: la experiencia migratoria desde el cuerpo, desde el dolor, desde la resistencia. Aquí no hay ficción ni maquillaje: hay días con miedo, noches sin aire, y momentos de transformación. Esta experiencia fue vivida junto a otras personas migrantes, mujeres y hombres que también dejaron todo para empezar desde cero.

Cada capítulo recoge vivencias personales que se asemejan de tantos otros migrantes. No escribo solo para contar, escribo para denunciar. Para conectar. Para no dejar pasar la injusticia como algo normal.

Si alguna vez pensaste en migrar, si ya lo hiciste, si conoces a alguien que dejó todo atrás, este blog es también tuyo. Porque migrar con dignidad no debería ser un privilegio.

Bienvenida, bienvenido, a este viaje. Aquí se cuenta la verdad. Aquí se escribe con la garganta apretada.




agosto 31, 2025

Capítulo 1: Con tiquete de regreso, pero sin ganas de volver

“Un viaje que cambiaría el rumbo de una vida cotidiana, estable y controlada, por una desenfocada, sin rutina y con muchas incertidumbres.”

Bogotá — Colombia

Salí de casa con la panza revuelta. Tenía los síntomas físicos de lo que mi interior intentaba gritarme: ansiedad. Dolor estomacal, náuseas, la respiración entrecortada. Pero me repetía que era normal, que era parte de la emoción por emprender un nuevo rumbo. Lo cierto es que mi cuerpo ya sabía lo que mi mente aún no se atrevía a procesar: que lo desconocido estaba por tragarme entera.

Con un tiquete de regreso que, en el fondo, esperaba no usar, subí al avión que me sacaría de Colombia. Dejaba atrás la estabilidad, la rutina, lo conocido. Me arrojaba a una experiencia que vendieron como oportunidad. A eso lo llamé salto al vacío: un trayecto de confianza ciega, de entrega total, sin garantías. Yo, que siempre controlé cada paso, salía ahora solo con intuiciones mezcladas con miedo.

Madrid - Barajas

La primera parada fue Madrid. En el aeropuerto de Barajas, una fila larga de migrantes que esperaban ser aprobados por un funcionario que permitiera el ingreso al País. Y aunque el idioma me resultaba familiar, Ya no estaba en casa.
Horas después, sin cobertura en el celular, sin sueño y con hambre, seguí a Ámsterdam. Largas, esperas, frío en los huesos, y mucho silencio, aunque mi mente no paraba, ella estaba intentando mantenerse fuerte frente a la incertidumbre. En cada escala, sentía que dejaba una parte de mí abandonada en alguna sala de tránsito.

Vuelo final a Polonia
Finalmente, llegó el vuelo hacia Polonia.
No sé si era el cansancio, la falta de comida o el hecho de haber dejado todo atrás, pero al aterrizar sentí que una parte de mí se había quedado varada en otro país. Seguían las náuseas, el dolor de oídos por la presión, el cuerpo adolorido. Pero más allá del agotamiento físico, me invadía un sentimiento raro… como si estuviera entrando en un escenario preparado para otro tipo de obra. Una en la que yo no tenía guion.

Llegada a la residencia

Un conductor alto, cabello oscuro, ojos claros —un ucraniano de catálogo— me recibió con un “Hello, Diana”. En su sonrisa no había amenaza, pero en mi mente sí. Las puertas traseras de  una camioneta negra me recordaron películas de secuestro. Pensé: me van a desmembrar, me van a vender a la mafia rusa.
 
La paranoia crecía con cada minuto de trayecto. Cuando llegamos al lugar de residencia, lo supe: mi instinto no estaba del todo equivocado. El vehículo se detuvo frente a una casa grande, vieja, oscura. Entramos por un parqueadero lúgubre. La escena parecía salida de una pesadilla. Afuera, cartones húmedos y ropa mal colgada . El silencio era muy denso.

Entré temblando. Me recibió una mujer con los ojos tristes y la cara pálida. Me indicaron mi habitación. La número dos. Allí estaba otra chica, sentada en su cama, que me saludó sin entusiasmo. Me mostró mi espacio: un somier sin sábanas y una cobija desgastada, de esas que han pasado por varias personas, antes que yo.

El primer quiebre

Me tumbé en la cama. El cuerpo aún no se acostumbraba, y mi mente ya estaba agotada. No podía respirar bien. Pensé que era congestión, pero no. Era ansiedad. Era el dolor de saber que había llegado a un lugar sin palabras, sin abrazos, sin sentido.

Lloré como no lloraba desde hace años. Mi pecho dolía. Mis manos temblaban. Tuve un ataque de pánico. Me pregunté:
¿Qué hago aquí? ¿A qué vine? ¿Dónde estoy? ¿Quién soy en este lugar? ¿Me engañaron? ¿Me equivoqué?

Solo la voz de mi hermana, mi prima y mi amigo Milton me sostuvieron al otro lado del teléfono. Me dijeron: respira. Recuerda por qué estás aquí. Pero lo que veía no era esperanza. Era hacinamiento. Era silencio. Era una promesa rota disfrazada de oportunidad.
Esa noche me dormí llorando.
Esa noche entendí que no hay tiquete de regreso que me devolviera intacta.


 

agosto 18, 2025

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